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Navidad en Recuperación

La Navidad está a la vuelta de la esquina. Es mi segunda Navidad en tratamiento, mi segunda Navidad sin alcohol, y la primera en la que tengo tantos razones por estar agradecida. Es la tercera Navidad de mi hija, pero es como si fuera la primera; este año ya es lo suficientemente mayor para entender que estos días son especiales. Esta tarde, mientras se sentaba en la encimera de la cocina y yo lavaba platos, le expliqué que mañana por la noche, mientras todos dormimos, Papá Noel va a entrar en nuestro piso y dejará regalos debajo del árbol de Navidad. Le conté lo afortunadas que somos porque estamos juntas en Navidad. Le contesté que sí, podremos ir al parque durante un ratito corto mañana, y que la quiero mucho mucho mucho.

Imagina eso; ser la persona que le cuenta la historia de Papá Noel a una niña por primera vez en toda su vida. ¡Qué privilegio! Me miraba fijamente mientras asentía y decía:

Sí Mamá, Papá Noel. Ebajo del ábol, un regalo, sí.

Hoy tuve la oportunidad de vivir eso con mi hija, y tendré la oportunidad de recordarlo, porque estoy sobria. Porque estoy recuperándome de la adicción. Porque estoy tomando este tiempo en mi vida para entender mi pasado, porque ya no huyo del dolor, porque quiero liberarme de ello para disfrutar lo que queda.

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En los últimos días, he estado pensando en todo lo que he ganado desde que comencé el tratamiento, pero también he estado lamentando las cosas que he tenido que dejar atrás. Haciendo balance, supongo. Hasta cierto punto, los adictos en recuperación hacemos eso constantemente; evaluamos todo y nos preguntamos si vale la pena, o si valdrá la pena al final.

Ufff… El tratamiento es tan desafiante y a veces la terapia duele mucho. Pero no duele tanto como llorar borracha en el suelo durante días y días. Supongo que también me siento más fuerte y estoy muy orgullosa de mí misma. Pero, ¿de verdad nunca más podré ponerme un vestido guapo, ir a un bar y coquetear con un desconocido? ¡¿Nunca?!

Si estás leyendo esto y no eres adicto, es posible que no veas apenas qué hay para evaluar.

Pero, ¿cómo podría competir jamás emborracharse en un bar con enseñarle a su niña a cantar el Jingle Bells?

Pues, ojalá no compitiera, pero necesito ser honesta y decir que sí, compite. La realidad es que extraño beber y todo el caos que lo acompañaba. Durante mucho tiempo de mi vida, casi tres décadas, utilizaba pintalabios, vino y bares para adormecer el dolor, olvidar el pasado y fingir estar bien. Tendrán que pasar varios años más para que eso pierda su poder sobre mí. Cuándo yo estaba en un bar, podía desplegar mi encanto, hacer reír a la gente, y verme durante unas horas a través de los ojos de mis compañeros bebedores. Eso fue especialmente útil en Navidad porque mientras bebía, podía acallar la tristeza. Incluso las resacas eran útiles: la tensión entre mis padres ya no era tan aguda cuando me envolvía una gruesa capa de niebla.

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La Navidad es quizás el momento más difícil del año para un adicto; las fiestas, la nostalgia, la soledad, los arrepentimientos. Pero seamos realistas, la Navidad no es un camino de rosas para la mayoría tampoco. Sufrimos en Navidades porque nos dejamos vender una idea perfecta de la Navidad familiar y, inexorablemente, terminamos decepcionados. La vida sigue siendo la vida en Navidad. Las personas mueren, las familias discuten, la comida se quema, el dinero se agota. Te juro por Dios que si yo fuera Ministra de Cultura mi máxima prioridad sería aprobar una ley que aboliera los anuncios de televisión que representan la Navidad familiar perfecta. Ya los conoces… esos en los que cuatro generaciones de una familia se sientan alrededor de una preciosa chimenea, los padres sonríen a sus hijos mientras cantan un villancico, mamá y papá se roban un beso, la abuelita luce juvenil con un vestido de lentejuelas, nuevos juguetes esparcidos por el suelo y ni un cuñado rancio a la vista. Anuncios como estos son un peligro público, y todos estaríamos mejor sin ellos.

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José, uno de los mejores amigos de mi pareja, va a estar en Madrid durante los próximos días. Pasará la Nochebuena solo en un Airbnb. Quiero tanto invitarle a nuestra casa para cenar. Pero no puedo, porque es alcohólico. Todavía siento los tirones del alcohol y tengo que ser muy, muy cautelosa. No puedo tener a alguien en casa que haya estado bebiendo o esté con resaca. Es demasiado arriesgado porque, por mucho que José me diera pena, también le tengo envidia. Él sí que puede sumergirse en el olvido de una botella de vino, pero yo ya no puedo. Es difícil admitir todo esto, pero es una realidad que los adictos en recuperación envidiamos a aquellos que todavía beben, incluso cuando están enfermos y solos.

Mañana mi pareja y mi hija irán a buscarle a José al aeropuerto y le llevarán a su Airbnb. Desayunarán juntos mientras yo me quedo en casa preparando comida para la cena. Sé que pensaré mucho en José mañana. Es una buena persona, merece algo mejor que la vida que lleva, y me ojalá pudiera ayudarle. Quiero para él todas las cosas maravillosas que tengo yo ahora que estoy en tratamiento. Quizás algún día, dentro de unos años, podré sentarme con él y contarle sobre la Fundación Hay Salida, cómo me salvaron la vida y le devolvieron una madre a mi hija. A lo mejor escuche, y algo dentro de él diga ‘quiero eso para mí también’.

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Fue hace más o menos dos años cuando descubrí La Fundación por primera vez. Estaba buscando desesperadamente respuestas, llorando sobre mi teclado mientras escribía “adicciones madrid ayuda” en el buscador de Google. A mitad de la lista de resultados, vi www.fundacionhaysalida.com, hice clic, y ¡pum! – mi vida cambió para siempre.

Si alguien que lee esto está en la misma situación en la que yo estaba entonces, sepa esto: puedes hacerlo, pero no puedes hacerlo solo. Levanta la mano. Comparte tu realidad con alguien, da igual quién. Y déjate ayudar. Si haces eso, todo va a empezar a mejorar.

La Fundación Hay Salida ofrece un tratamiento profesional para todas aquellas personas que carecen de recursos económicos. También disponemos de un recurso residencial para mujeres con adicciones que están en situación de vulnerabilidad social y que necesitan un “lugar seguro” para poder recuperarse.

 

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